Leviatán por J. D.
No aguanto más el calor. Mi cuerpo se has sumergido en sudor y las paredes se han vuelto escamosas por la saturación acuosa del aire. Estiro mi mano y encuentro una textura pegajosa y movediza. Maldita humedad. Mi respiración jadeante llena el salón. Los adjetivos escurridizos repletan la casa. Pongo mi pie sobre el suelo y detecto veinte centímetros de agua sobre la baldosa y subiendo. Vuelvo a palpar los muros y escucho un rugido. El pastoso contorno de mi nuevo compañero avanza por la casa.
Una compra ideal por J.D.
La contraportada prometía una gran historia. No se equivocaba y solo abrirlo, se vio sumido entre pasajes tanto inolvidables como inhóspitos. Seguía el romance, la pasión, un desenlace preciso, e impactante en su desgarro con el mundo. En realidad, no pudo contener las lagrimas al despedirse de estos héroes amados e irremplazables, compañeros, sin duda. Pronto comprendió: no existía, en todo el mundo, placer tan completo como leer su propio libro.
El olvido por J.D.
Supo que el temblor estaba próximo y rápidamente salvó el dinero, las joyas y las cenizas de su madre. A trote llegó al jardín central y observó, con irremediable pasión, la caída de los muros; escuchó el tronar de la piedra. Los daños no eran irreparables y casi todo estaba salvado.
Nunca recordaría que dentro había dejado a la niña.
La muñeca de trapo por J.D.

Sin embargo, hace días que una sonrisa se ha instalado en el rostro de jorge invitándome a un reencuentro. Nadie sabe, como él, que yo la amé. Pero eso ha quedado en el pasado. En el presente, a cambio, estoy temblando frente al portal de su casa, tiritando ante la sola idea de volverla a ver.
El coraje finalmente me invade y, ardiente de valor, golpeo la puerta. Cuando Jorge me incita a pasar, el recuerdo de haber degollado a su pequeña princesa, hace ya tantos años, casi se ha esfumado.
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